
Yo, Moguito de la Esquina, estoy en mi lecho de muerte. Pero feliz porque he recuperado el control de Moguilia y de la República Bananera de Senos en general. Sofoqué la secesión con ayuda divina y esto vuelve a ser lo que nunca fue.
Tal tarea fue épica. Digna de la mejor megaproducción hollywoodense con banda de sonido de Santaolalla. Luché cuerpo a cuerpo con el comandante Bonteparte (en realidad le di un rodillazo en la cabeza y lo dejé fuera de batalla sin más vueltas), y me enfrenté al terror encarnado en El Perro Garronero.
Pero no estuve solo. Mis leales ministras me acompañaron cual centinelas de la mogocracia que tanto sudor (en orgías) nos costó.
La historia la escriben los que ganan. Así que acá va:
Moguilia. 2.600 horas (?). Con el palacio gubernamental tomado, con María Antonieta y Santurrona nos íbamos en un menàge a trois sin precedentes en los yuyos del puerto. Cuando acabáramos, sabíamos que debíamos retomar el poder, usurpado vilmente por El Perro.
Antonieta se paró frente al palacio (el hospicio es una covacha, en rigor de verdad), y empezó a hacer jueguitos con la peluca del Marqués devenido en comandante guerrillero y aliado con el garronero. Rodilla, rodilla, rodilla, pecho, pecho, seno, hombro, cabeza, cabeza, cabeza, taco, taco, taco. Increíble jugada.
Mientras, Santurrona, extasiada por la orgía, comenzó a leviutar clamando la ira de Mina sobre los insurrectos. Yo trataba de que no se vaya
a la mierda a cualquier lado porque levitó ampliamente y casi se iba de Moguilia.
El Perro Garronero se tomaba unos vinos pateros de reserva con el Marqués cuando vieron a Antonienta en su faceta maradoniana y quedaron estupefactos. Salieron azorados
de la letrina del salón presidencial mientras Antonienta hacía la vertical pasándose la peluca de un lado a otro con sus mágicos pieses.
Yo tenía la bandera de la República que en el exilio había bordado pacientemente listo para recuperar el trono. Faltaba el batacazo final.
Santurrona se había ido
a la bosta a la cima del palacio con su levitación, así que la enlacé con la parte más larga de mí y le dije:
“Santu, já é houra”. De pronto, sus ojos emblanquecieron al grito de
“Minaaaaaaaa, minaaaaaaaaa, ¡minaaaaaAAAAAAAAAAA!!!!!”.
Se abrió el cielo y se escuchó un
“ggrgrgrrgrgr, ¡re miauuuuuuuu!”. La ira de Mina estaba desatada. Cayeron 7 plagas bastante extrañas:
1) Dos piojos.
2) Cinco kilo de papas que Antonieta agarró rápidamente para la cena de ésa noche.
3) Siete docenas de medialunas saladas con dulce de leche.
4) 10 litros de vino patero que bebimos mientras caía.
5) Cuatro cajitas de legos edicion Senos Limited.
6) Ocho mancuernas de un kilo. Una le dio de lleno al Marqués que quedó tirado por breves instantes.
Pero la séptima plaga fue la decisiva: Pulgas por doquier famélicas de perros y pelucas desvencijadas. El Perro Garronero se tiró al piso aullando a más no poder hasta que quedó pelado. Lo mismo le ocurrió al Marqués cuya peluca quedó reducida a su mínima expresión: un pelito.
Santurrona volvió del trance, la agarré de las nalgas y Antonieta de una teta (de otra forma no me dan pelota), entramos al palacio y les gritamos al unísono: “lero lero”, mientras les sacábamos la lengua y el Perro garronero maldecía su suerte y lo
cagaba a piñas sopapeaba al Marqués, que ni con rimas pudo zafar de la golpiza.
Quedaron ahí dando vueltas. El Perro se fue a su cucha y el Marqués decidió irse de la isla, pero no encontró el bote así que se quedó en el puerto mientras los cangrejos le comían su ropaje, su tristeza y su ilusión.
Izamos la bandera de Senos y nos entregamos a una orgía descomunal a la cual invitamos a todo el pueblo libre-sometido de la ciudadela de Moguilia. Ahora estoy en mi notebook con wi fi porque el progreso llegó a Senos, y vigilo vía
Senos Earth los movimientos de los otrora sublevados habitantes seneros.
¡Larga vida al presidente! Cuando dije al principio lecho de muerte, quise decir, lecho para morirse, porque Antonieta y Santurroneira ya me están llamando para la quinta orgía de la tarde. Vuelvo en 5.